Volver al Padre: restaurar el corazón de la familia

Volver al Padre: restaurar el corazón de la familia
Encuentro con Dios Podcast
Volver al Padre: restaurar el corazón de la familia

Apr 26 2026 | 00:48:30

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Episode 13 April 26, 2026 00:48:30

Show Notes

La crisis no empezó afuera… empezó en casa.
En esta reflexión basada en el libro de Malaquías, se expone una verdad incómoda: la ruptura entre padres e hijos no es solo cultural, es espiritual. Detrás hay corazones desviados, donde el materialismo, la infidelidad y la indiferencia a Dios hicieron ruido… y rompieron todo.

Pero no todo está perdido.
Dios sigue llamando a enderezar el camino, a restaurar la paternidad y a sanar la familia como diseño original. Porque donde se reconcilian los vínculos, se abre la puerta a la gracia.

No es esfuerzo humano. No es “ponerle ganas”.
Es la cruz la que hace el trabajo profundo: restaura, reconecta y devuelve identidad.

Si la familia se ordena, la sociedad respira. Y si el corazón vuelve al Padre… todo cambia.

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Episode Transcript

[00:00:01] Speaker A: Bienvenido a Encuentro con Dios Podcast, un espacio para reflexionar, crecer en la fe y fortalecer tu relación con Dios. Comenzamos. [00:00:23] Speaker B: Buenas noches, Dios les bendiga. Un privilegio y una responsabilidad que hace temblar las rodillas y los pies poder compartir la palabra de Dios en este tiempo por pedido de los pastores. El título y el tema de esta noche tiene que ver con enderezar las veredas de la paternidad. Y por supuesto que cuando hablamos de paternidad no quiero que pienses solo en el rol del papá. Cuando estamos hablando de paternidad estamos hablando de un término que es amplio, es abarcativo y hablamos del rol del padre y de la madre, esa guía, ese acompañamiento en la crianza que Dios ha delegado en padre y madre para traer los niños al mundo. Y bien, el tema tiene que ver con reconocer en primer lugar de que la paternidad, la maternidad en este mundo está tergiversada. Cuando hablamos de la necesidad de enderezar algo, caemos en la cuenta de que ese algo debe estar torcido, ¿Verdad? Debe estar fuera de lo que el plan original tenía en mente, el plan de Dios. Y en esta noche vamos a estar leyendo en el último libro del Antiguo Testamento, que es el libro de Malaquías. Es fácil de encontrar si pensás que está justo antes de Mateo, justo antes de empezar el Nuevo Testamento está el libro de Malaquías. Y aunque lo separa sólo una hojita hay entre el final de la profecía de Malaquías y el comienzo del Evangelio de Mateo, 400 años de historia, que los estudiosos de la Biblia le llaman 400 años de silencio. ¿Por qué silencio? Porque durante esos 400 años Dios ya decidió hacer un alto profético y no hablar más al pueblo de Israel que lo que ya había hablado, que era un montón. Va a ser con la llegada de Juan el Bautista que se rompe ese silencio profético, porque Juan el Bautista llega para anunciar la llegada, la venida del Mesías, de Jesús en su primera venida a esta tierra para morir por nosotros en la cruz. Hoy nosotros esperamos a Jesucristo, pero ya no es la primera venida, su segunda venida en la que él prometió vendría a buscar a su iglesia, a su pueblo y consumar el plan de Dios en la historia. Pero en este punto que Estamos leyendo, Malaquías 4, versículos 5 y 6, es el final, el final de la profecía y el final del Antiguo Testamento y vamos a ver cómo se enlaza este final con el ministerio de Juan el Bautista, pero puntualmente con el tema de esta noche que es enderezar las veredas de la paternidad. Dice Malaquías capítulo 4, versículos 5 y 6, dice lo siguiente. He aquí yo os envío al profeta Elías, antes de que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver, subraye esto, el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición. Este es el final del Antiguo Testamento y mire con qué palabra termina el Antiguo Testamento. Termina con la palabra maldición. Y es muy significativo porque el apóstol Pablo después nos diría en la carta a los Romanos que la ley fue dada a los hombres para demostrarnos nuestra condición de pecado, nuestra condición de pecadores, de necesitados de la gracia de Dios. Lo que hizo la ley es mostrarnos que estamos bajo el juicio de Dios, bajo la maldición de la ley, porque no hemos podido cumplir los mandamientos de Dios. Ahora, el profeta Malaquías, por inspiración del Espíritu Santo, va a venir alguien, un profeta, el profeta Elías, que antes de la venida del Señor, antes de la venida de Jehová, va a hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres. Bueno, esto como yo recién te anticipaba, señala, anticipa el ministerio de Juan el Bautista, lo que acabamos de leer nos muestra a un tal profeta Elías. En realidad Elías, vos sabés que fue un profeta que había vivido antes que Malaquías, pero acá se conecta directamente, ya vamos a ver por qué, porque en el Nuevo Testamento se hace esa conexión intencional con el ministerio de Juan el Bautista. Permitime que te explique. Malaquías 3.1, hablando también de este ministerio profético, He aquí yo envío mi mensajero, el cual preparará camino delante de mí, y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis. Este mensajero que iría delante del Señor preparando el camino, que haría volver el corazón de los padres hacia los hijos y los hijos hacia los padres, es de acuerdo a la Biblia, por lo revelado en el Evangelio de Lucas, ni más ni menos que Juan el Bautista. Porque cuando el ángel Gabriel se le aparece a Zacarías, estando en la presencia del Señor ministrando en el templo, el ángel Gabriel le dice acerca de su hijo Juan el Bautista por nacer, le que irá delante de él, del Señor, del Mesías de Jesús, con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos. Te das cuenta como este pasaje de Lucas 1.17 es el eslabón que une las palabras de Malaquías escritas 400 años antes del nacimiento de Juan el Bautista y 400 años antes del nacimiento de Jesús, enlaza ese ministerio y es ese bebé que van a hacer Juan el Bautista. Años después, ya Jesús siendo adulto, habiendo manifestado su ministerio a todo el pueblo de Israel, le ese Elías que ustedes esperaban que viniese, ya vino y fue Juan y ustedes lo despreciaron. Ahora, es interesante esta mención de preparar el camino. En la época de los reyes era muy normal que si un rey tenía que ir de un lugar a otro para visitar sus territorios, o tal vez para reclamar soberanamente su derecho sobre los territorios conquistados, tenían que trasladarse por caminos que ni se parecen a los caminos que nosotros utilizamos en el día de hoy. Caminos que bien o mal son transitables. Tenemos por ahí algunos baches, algunos pozos, pero se puede circular. En esa época los caminos eran senderos que transitaban por terrenos escabrosos, llenos de peligros que podían ser obstaculizados por árboles caídos, rocas pesadas, enemigos hostiles, lo que sea. Por eso el rey enviaba un heraldo, un mensajero que recorría el camino antes de la llegada del rey, allanando las sendas, alisando esos caminos. Por supuesto no lo hacía solo, lo hacía con un equipo, pero iba hacia ese territorio donde el rey llegaría y una vez que llegaba ahí, prepárense, porque rey viene. Ese fue el ministerio de Juan el Bautista. Eso hizo Juan el Bautista previo a la manifestación de Jesús en su ministerio, en su primer venida. Ahora, es interesante pensar que esto mismo es lo que Dios necesita hacer en nuestros corazones, en un área particularmente sensible, que es el área de la paternidad. Pero no lo va a hacer por medio de Juan el Bautista, sino que lo va a hacer por medio del Espíritu Santo de Dios. Él es quien prepara nuestros corazones para el obrar de Dios, para poder recibir a Cristo como nuestro Salvador. Ahora, Dios quiere enderezar las veredas de la paternidad. Fíjese que cuando leemos Malaquías capítulo 4, versículo 6, nos está hablando de un problema que está en la raíz del corazón humano y nos plantea que la enemistad entre padres e hijos, hijos y padres, no se debe a causas meramente sociológicas, No es que padres e hijos no se entienden porque hay una brecha generacional, porque nosotros papás somos inmigrantes digitales y ellos son nativos digitales. No es solamente porque hablemos idiomas distintos, jergas propias de la juventud o de nosotros que somos un poco más grandes, la brecha y la distancia. Lo que dice la palabra de Dios es que el problema de falta de entendimiento ante padres e hijos tiene raíz en el corazón humano. Lo que nos plantea la palabra de Dios es que hasta que los corazones que hoy están de espalda, enemistados entre sí, no se vuelvan para el mutuo encuentro, para el entendimiento mutuo, no va a haber reconciliación ni paz generacional. Y es muy importante entender que los corazones no pueden ser transformados de afuera hacia adentro. Es necesaria una obra interna que sólo puede producir el Espíritu Santo de Dios. En la imagen que puse en pantalla vemos un camino sinuoso, tortuoso, difícil, lleno de curvas y dificultades. Los padres en un rincón, allá lejos, los hijos en otro. Y parece que es como un camino insalvable, ¿Verdad? Ahora, ¿Por qué a Dios le importa tanto las relaciones entre padres e hijos? ¿Por qué es tan significativo para Él? ¿Por qué Dios se encarga de decir que es necesario sanar estas relaciones para que cuando el Señor venga encuentre un pueblo bien dispuesto, preparado para escuchar la voz de Dios? Bueno, en primer lugar porque ya dijimos, el problema de la enemistad entre padres e hijos tiene una raíz profunda en el corazón humano. Los hijos expresan esa enemistad de corazón hacia los padres por medio de la desobediencia, la rebeldía, el enojo, la burla, el desprecio a los padres. Esa es la manera en que el corazón de los hijos expresa que está de espalda a papá y mamá. Ahora, los padres también pueden expresar lamentablemente de maneras crueles, terribles, que su corazón está de espaldas sus hijos. Lo hace por medio del abandono, la indiferencia, el autoritarismo, la agresividad. Fíjese que tanto uno como el otro puede expresar de manera horrible la enemistad del corazón. Y yo pienso ¿Esto dónde surge? Porque uno ve a mamá y a papá recibir ese bebito en el seno del hogar, enamorarse de él y el bebé tan dependiente, tan sumiso, tan dócil, tan llevadero, tan enamorada esa familia de esa relación padre hijo, hijo padre que parece que nada pudiera romperla. Pero pasan los años, pasa el tiempo, transcurre la vida familiar y uno empieza a notar los corazones que están de espaldas, se enemistan, se distancian uno del otro. Y el problema está en el corazón humano, el problema está en el pecado que está enraizado en nuestro corazón. Y esta relación padre hijo es especial para Dios porque tiene la potencialidad de poner en evidencia la profundidad de nuestro vínculo con Dios, quien a través de la obra de Jesucristo se reveló a sí mismo como Padre. Yo quiero que entiendas que la idea central de lo que te quiero compartir en esta noche es que enderezar las veredas de nuestra paternidad terrenal allana el camino del corazón para recibir la gracia del Padre celestial. Te lo repito, enderezar las veredas de nuestra paternidad terrenal allana el camino del corazón para recibir la gracia de nuestro Padre celestial. Permitime que te lo parafrasee así en palabras del apóstol Juan. ¿Te acuerdas cuando el apóstol Juan dijo en 1 Juan, capítulo 4, verso 20 Si alguno yo amo a Dios y aborrece a su hermano, es mentiroso? Pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y esto yo me animo a parafrasearlo en el entorno familiar. Y si alguno dice que ama a Dios, pero aborrece a su padre y a su madre, Si alguno dice que ama a Dios, pero aborrece a sus hijos, es mentiroso. Porque ¿Cómo puede amar a Dios que no ha visto, cuando no ama a su hijo, a su hija, a su padre, a su madre, con quien convive cotidianamente? Es una contradicción, es un contrasentido. Por eso Dios quiere sanar las relaciones familiares, enderezar esas veredas torcidas, porque de lo contrario, la consecuencia, termina diciendo el pasaje, es que la tierra es herida con maldición. Y uno ve esta maldición en términos muy claros y muy palpables en nuestra sociedad contemporánea. Cuando nosotros pensamos que lo que sucede dentro de la familia, en ese grupo de socialización primario, luego se extrapola, se traslada de manera multiplicada a todos los otros entornos familiares, comprendemos por qué sucede lo que sucede, por qué aparecen pintadas en las escuelas, que mañana hay tiroteo, ¿De dónde sale? ¿Por qué la agresividad, por qué la violencia, por qué el bullying, por qué la rebeldía, por qué el cuestionamiento a la autoridad? Y es que es un reflejo directo de lo que sucede en el interior del hogar, de esa enemistad que hay entre padres e hijos, hijos y padres, esa ruptura en los vínculos generacionales producto del pecado. Eso se traslada, eso que sucede en el grupo primario de socialización, pasa a los grupos escuela, club, el barrio, el entorno político, donde vos quieras mirar, vas a ver que nuestra sociedad está marcada por esto. Por eso Dios quiere sanar las relaciones familiares, porque son así de claves, porque son así de trascendentes para toda la sociedad y porque tienen la potencialidad de poner en evidencia nuestra dependencia de Dios que se ha revelado a sí mismo como padre. Y si yo no puedo como padre expresar la paternidad de manera que honre a Dios, difícilmente mi hijo, mis hijos puedan asumir la paternidad de Dios, porque el modelo que tienen es un modelo tergiversado, enfermo. Así que hay algo que necesita ser sanado. Yo quiero hoy animarte a leer rápidamente en todo el libro de Malaquías, en tres capítulos, algunos obstáculos que son necesarios superar, algunos escollos en el camino, en la senda de la paternidad que tenemos que quitar, que tenemos que allanar, que tenemos que enderezar, porque de lo contrario no vamos estar en condiciones espirituales para recibir la gracia que el Padre Celestial quiere brindarnos. Así que vamos a hacer un pantallazo por el capítulo 1, capítulo 2 y capítulo 3, para ver de qué manera Dios puede allanar este camino entre padres e hijos. Acompáñame al capítulo 1 de Malaquías, desde el versículo 6 al versículo 9. Bien, Malaquías, capítulo 1, del versículo 6 al 9, yo lo voy a leer, presta atención. Dice así El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si pues, dice yo soy padre, ¿Dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿Dónde está mi temor? Dice Jehová de los ejércitos. A vosotros, oh sacerdotes, que menosprecian mi nombre. ¿Y en qué hemos menospreciado tu nombre? Versículo 8. Cuando ofrecéis animal ciego para el sacrificio, ¿No es malo? Asimismo cuando ofrecen lo cojo, lo enfermo, ¿No es malo? Preséntaselo, pues, a tu príncipe. ¿Acaso se agradará de ti, o le será acepto? Dice Jehová de los ejércitos. Ahora, pues, orad por el favor de Dios, para que tenga piedad de vosotros. Pero ¿Cómo podéis agradarle si hacéis estas cosas? Dice Jehová de los ejércitos. Mirá los tres pasajes que vamos a leer en el capítulo 1, capítulo 2, capítulo 3, imbrincan, entrelazan de una manera muy íntima y a veces hasta compleja, las relaciones entre el Padre celestial, nosotros y nuestro Padre celestial, y nosotros y nuestros padres terrenales. Y constantemente va a ser un paralelismo, y en ese paralelismo creo que está la riqueza, está lo que hoy nos va a hacer reflexionar acerca de los aspectos de la paternidad que está torcido en nuestra sociedad actual. Comienza Dios, el hijo honra al Padre. ¿Te acordás que uno de los mandamientos que Dios le había dado al pueblo Israel, por allá Por Éxodo capítulo 20, versículo 12, era honra a tu padre y a tu madre para que tengas larga vida sobre la tierra? Claro, Dios les había dado este mandamiento y evidentemente el corazón humano estaba rebelde a este pedido de Dios. No tenemos la tendencia natural a honrar a nuestros padres, al contrario, lo normal es la rebeldía, es la desobediencia. Ahora dice un padre terrenal se merece honrar y yo no me la merezco. Dice Dios, sus príncipes merecen obediencia y yo no. Bueno, pues ustedes me han quitado la honra que yo tengo y que me merezco como padre. Eso es lo que dice Dios. Lo que está sucediendo allí es que el obstáculo que hay que quitar, el pecado puntual con el que Dios nos confronta, es la deshonra a los padres, el menosprecio a la figura de materna y paterna. Claro, porque Dios le los padres humanos deben ser honrados y yo que soy el Padre celestial, no. Claro que sí, pero ustedes, dice el versículo 6 al ustedes menospreciaron mi nombre, me dieron a mí como padre un precio menor que el que debiera tener, me menospreciaron, me tienen en poco. Y yo pienso que esto es algo que tristemente está muy presente en nuestra cultura actual, el menosprecio a la figura del padre y de la madre. ¿Se da cuenta cómo constantemente las distintas corrientes de crianza sociológicas ponen a los padres en el mismo peldaño y en el mismo nivel que los hijos, en un intento de desbaratar cualquier intento de autoritarismo y de maldad y de dominación de parte de los padres? Ponen a los padres en el mismo nivel cuando Dios hijo, obedece a tu padre y obedece a tu madre. Cuando Dios marcó una simetría sana, una simetría que tiene como base la experiencia de los padres, la responsabilidad que los padres tienen sobre los hijos de criar, de amonestar, de corregir, de acompañar, de proveer y escuchar y revalorizar esa simetría es parte del plan de Dios. Hoy nuestra sociedad intenta que los padres sean amigos de los hijos. Algo así como el padre confidente, la madre bonachona que escucha, que es cómplice, que es compinche, que es amigacha. Perdón la expresión, pero esa idea de una horizontalidad que desdibuja y distorsiona la figura de la paternidad. Y Dios ustedes debieran honrar a sus padres terrenales y yo debiera recibir también esa misma honra. Sin embargo, no lo hacen porque está ese pecado. Ahora, muchas veces nosotros padres, somos los que nos auto desacreditamos, padres, madres, cuando nosotros mismos nos bajamos del lugar que Dios nos asignó. ¿Cuando? Cuando nos sacamos de encima la mochila y la responsabilidad de ser guías, de ser ejemplo de, como dice la palabra de Dios, en criar a nuestros hijos en la disciplina del Señor. Cuando abdicamos de esa responsabilidad, somos nosotros los que nos estamos bajando del lugar de honra. Somos nosotros los que estamos diciendo, bueno, acá estoy yo y solamente voy a hacer esto, voy a estar quizá para proveer, quizá para acompañar en estos años difíciles, pero luego ya que los hijos vuelen, vayan, hagan su vida, ya son grandes, decimos, y tienen quince, dieciséis años, necesitan todo nuestro consejo, toda nuestra compañía, toda nuestra orientación espiritual. Y a veces abdicamos. Ahora, hay un ídolo puntual que Dios está señalando, es el ídolo del materialismo. El pueblo había decidido quitarle la honra a Dios dándole ofrendas de segunda selección. ¿Sabe lo que le traían? Le traían animales cojos, enfermos, ciegos a Dios. Dios le dáselo a tu príncipe a ver si te lo acepta. Obvio que no. Es una pregunta un poco retórica. Dios los trata de hacer pensar, de ninguna manera el príncipe aceptaría eso. Sin embargo, ustedes le están dando este tipo de adoración a Dios. ¿Por qué? Porque había un ídolo entronizado en sus corazones. Y era el ídolo del materialismo, el ídolo de la codicia. Amaban lo material y se guardaban lo mejor para ellos. Y le daban lo segundo a Dios. Y yo pienso, papá, mamá, ¿Cuántas veces el ídolo del materialismo nos aleja de nuestros hijos? Invertimos tantas horas en proyectarnos económicamente, en crecer profesionalmente, en afianzar nuestra familia en el aspecto económico. Y hay un aspecto de esto que está bien, porque nuestro rol, uno de nuestros roles o uno de los aspectos del rol paterno es proveer. Pero si solo proveés para lo material, quiero que sepas que tal vez lo que estás haciendo es dejar de lado otros aspectos que también son importantes en la vida de tus hijos. Y Dios te llama a que hoy examines tu corazón. ¿Realmente tu esfuerzo por crecer profesionalmente es para proveer por el bien de tu familia o no? Hay una partecita de tu ser que se enorgullece detrás de esos logros. No hay un yo puedo, yo lo logré, yo soy suficiente. Que se esconde detrás de ese argumento pseudo piadoso de que todo tu tiempo dedicado a la profesión y al trabajo es para el bien de tus hijos. Pensá cuánto le estás dedicando los otros aspectos de la paternidad. Esto nos confronta. Hijo, hija, obedece a tus padres porque esto trae bendición de parte de Dios. Pero vos padre, vos madre, cuidá de que el ídolo en tu corazón no esté poniendo tu corazón de espaldas a Dios y a tus hijos. Y te estás ausentando, sos un padre ausente porque no cumplís con otros aspectos además de proveer. La exhortación está clara en el versículo 9 oren por el favor de Dios y dejen de vivir como están viviendo. Sean confrontados con el ídolo del materialismo. Quítenlo de su vida. No le den a Dios lo que es de segunda, denle a Dios lo que es de calidad, como el rey David, que yo a Dios no le voy a dar lo que no me cueste, lo regalado, lo barato, sino que le voy a dar una ofrenda que realmente honre a su ser. Este es el primer obstáculo que hay que quitar y está fuerte, marcado en el capítulo 1. Ahora avanzamos con el capítulo 2. En el capítulo 2 vamos a leer desde el versículo 10 hasta el 16. Vamos a leer salteadito. Dice Malaquías 2.10 ¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando el pacto de nuestros padres? Versículo 13 y esta otra vez cubriré el altar de Jehová de lágrimas, de llanto, de clamor No miraré más la ofrenda, para aceptarlo con gusto de vuestra mano. Mas diré ¿Por qué? ¿Por qué Dios el Padre está así ofendido y no quiere recibir la ofrenda? Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, con la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera y la mujer de tu pacto. ¿No hizo Dios uno habiendo abundancia del Espíritu? ¿Y por qué uno resalta esta frase? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. Mirá qué interesante lo que está planteando aquí. Es un pecado puntual. Y para entender este pecado es necesario entender el contexto. Lo que estaba pasando en el pueblo de Israel era que algunos hombres estaban divorciándose de sus esposas para casarse con otras mujeres que ni siquiera eran del pueblo de Israel. Porque dice el versículo 11 al final, se casaron con hija de Dios extraño. Es decir, no sólo que se divorciaban, sino que además cuando iniciaban nuevos matrimonios, lo hacían con mujeres que no conocían a Dios. Por eso dice la palabra de Dios ahí, que Dios nos pide no ser desleales y que aborrece el repudio, aborrece el divorcio. Y es fuerte. ¿Sabe cuál es el pecado que se esconde acá? El obstáculo, lo que hay que remover como padres. El obstáculo de la infidelidad al pacto matrimonial es la infidelidad del abandono de la familia. Acá había hombres que estaban abandonando a sus familias, ¿Por qué? Movidos por el ídolo de la inmoralidad sexual, eran guiados por su concupiscencia, por sus propios deseos, y veían pasar mujeres más hermosas, más jóvenes, que por supuesto, al no ser parte del pueblo de Dios, tenían estándares de vida, de moralidad totalmente distintos y su corazón pervertido por el ídolo de la inmoralidad, se iba tras ellas. Y estos hombres abandonaban a sus esposas, abandonaban a sus familias, rompiendo el propósito del matrimonio. Dios dice acá, Dios aborrece el repudio, pero aborrecía no sólo el repudio, sino la actitud que ellos estaban teniendo. Ahora pensemos en lo grave que es esto. Hay un propósito manifiesto, lo acabamos de leer en el versículo 15, dice que el propósito del matrimonio por el cual Dios los había permitido unirse en pacto, era buscar una descendencia para Dios. Querido papá, querido mamá. Porque esto también puede pasar a la inversa. No somos sólo los hombres los afectados por la lujuria, también pueden las mamás las madres abandonar a sus esposos motivadas por deseos que no agradan a Dios. El propósito del matrimonio no es pasarla bien, no es disfrutar de la sensualidad, del sexo, ni siquiera autorrealizarnos, sentirnos felices, realizarnos profesionalmente en la vida, económicamente, no, ese es el propósito. El propósito es formar una descendencia para Dios. Que nuestra unión santa en pacto matrimonial delante del Señor tenga como propósito y objetivo guiar a nuestros hijos a conocerle, a vivir de acuerdo a sus principios y sus preceptos. Esto es muy importante. Y estos hombres motivados por el ídolo de la inmoralidad, de los deseos sexuales egoístas, no tenían ningún tipo de problema de abandonar a su esposa, irse con otra que ni siquiera era cristiana. Vemos una ruptura de códigos absoluta con tal de seguir sus propios deseos. Por eso, guardaos en vuestro espíritu, vigilad tu corazón, vigilad tu mundo interior, cuidá de que el ídolo de la inmoralidad y de los deseos sexuales desordenados no estén en tu corazón anidando pensamientos incorrectos. Tu propósito como padre, como madre, formar una descendencia para Dios, una descendencia gloriosa. Por eso la exhortación es restaurar el matrimonio aceptando ese propósito eterno que Dios nos ha expresado en su palabra, que es formar hijos, hijos, una descendencia para la gloria de Dios. Capítulo 3, vamos terminando, dice el capítulo 3 en el versículo 7, escucha bien, desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, no las guardaron. Vuelvan a mí, y yo me volveré ustedes, ha dicho Jehová de los ejércitos. Sigue diciendo el versículo 13, vuestras palabras contra mí fueron violentas. Mirá las palabras que hablaron contra Dios son violentas. ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho? Verso 14 Habéis por demás es servir a Dios. ¿Qué aprovecha que guardemos su ley y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos? Decimos, bienaventurados los soberbios, los que hacen impiedad. No sólo prosperaron, sino que tentaron a Dios y escaparon. Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero. Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, dice Jehová, en el día en que yo actúe y los perdonaré. Escuchá esta como hombre que perdona a su hijo que le sirve, Entonces se volverán y discernirán la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y entre el que no le sirve. El pecado que había que sanar acá es la indiferencia paterna. Aquí vemos que hay un contraste. Ellos pensaban de que Dios era un Dios indiferente, un Dios que no iba a reaccionar frente a su maldad. Se dio cuenta el diálogo entre ellos decían, es en vano servir a Dios, es en vano vivir una vida justa. ¿Por qué? Porque los que viven de espaldas a Dios prosperan, escapan, Dios no hace nada y Dios tiene que intervenir. Y dice en el versículo 17 al yo voy a ser como un padre que perdona a su hijo que le sirve. Dios nunca asume la paternidad en términos pasivos, mientras que nosotros muchas veces sí lo hacemos. Y hay un gran ídolo en el corazón que se levanta en las familias, que es el ídolo del secularismo. El secularismo es esa idea que pone a Dios fuera de la vida, fuera del marco de las 24 horas de la cotidianeidad. Quizá te permita ser religioso, quizá te permita dedicarle unas horas el día domingo a callar tu conciencia y vivir tu vida con un ateísmo práctico. Pero el secularismo que está expresado ahí, ellos decían es inútil servir a Dios, hay un relativismo moral, no aprovechen nada, guardar su ley. ¿De qué sirve conocer la Biblia y obedecerla en la práctica? No te sirve para los negocios, no te sirve para el amor, no te sirve para la vida diaria. Es secularismo entronizado en el corazón, en el pueblo de Dios. Y esto puede estar pasando entre nosotros, Padre, porque el primer obstáculo, ¿Te acordás cuál era? Era ese obstáculo ¿De qué? De la deshonra a los padres. No darnos el lugar, no asumir el lugar que tenemos que tener en esa simetría. El segundo obstáculo, el segundo pecado, el pecado de la inmoralidad y de la sensualidad que nos lleva a querer vivir la vida en nuestros términos, sin atender al propósito eterno de criar hijos para la gloria de Dios. Este tercer obstáculo tiene que ver con la indiferencia y tiene que ver con este acto de dejar entrar el secularismo en nuestra casa. Una manera de pensar contraria a Dios en el que nos divertimos a nuestra historia, a nuestra manera, ganamos el dinero con nuestros códigos, no nos importa tergiversar la verdad. ¿Por qué? Porque dice el verso 7 desde los días de sus padres ustedes se han apartado de la ley de Dios. Todo es de la boca para afuera, pero el corazón no está transformado por la palabra de Dios. Por eso vuélvanse a mí y yo me volveré a ustedes. Dios nos pide arrepentimiento. Y este arrepentimiento por estar de espaldas a la palabra de Dios, se expresa puntualmente en este pasaje, en el versículo 16 que los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero, se alentaron, se amonestaron, se exhortaron a vivir conforme a las reglas de Dios. Che, no está bien que el secularismo entre en nuestra casa. No está bien el todo vale, relativizar moralmente todo. La ley de Dios es perfecta, convierte en alma y es la brújula que marca el norte de nuestra vida. Hacia ahí tiene que ir nuestra familia, no hacia donde dictan nuestros deseos y nuestras pasiones. Ahora, cuando Dios ve esta actitud de hablar, esta actitud de aconsejar, de enseñar, de hacer pedagogía bíblica en el seno del hogar, dice que Dios anotó en un libro de memoria delante de él, para que el día que actúe, porque Dios va a actuar, Dios va a traer juicio finalmente sobre las vidas de cada persona. Van a ser un especial tesoro. Dios va a cuidar esos corazones, esas familias. Fíjate qué fuerte estos tres obstáculos que están dentro de la familia, que son un problema real. Ahora, yo no quisiera quedarme con este panorama y animarte a que vos vuelvas a tu casa. Bueno, estos son los tres obstáculos. A partir de ahora hay que tratar de hacer buena letra, hay que tratar de ordenarse un poco para que las relaciones padre hijo comiencen a funcionar mejor. Porque si yo te pidiese esto, no sería más que moralidad, más que tratar de empujarte a que hagas tu mejor esfuerzo humano. Cuando en realidad, ya lo dijimos al principio, el problema está enraizado en el corazón y nunca la solución va a venir de afuera hacia adentro, sino que viene de adentro hacia afuera. Es el obrar del Espíritu de Dios. Por eso es importante recordar que la buena noticia viene con la cruz de Cristo y con el evangelio que el Señor nos vino a mostrar. ¿Te acordás que el Antiguo Testamento termina en palabra maldición? Pero el Nuevo Testamento abre con la bendición de la llegada del Salvador, este mundo que viene a intervenir, a transformar mediante la cruz, el corazón de los padres y de los hijos para que puedan reconciliarse. Por eso el camino es padres e hijos encontrándose en la cruz. La cruz de Cristo es el lugar de encuentro entre generaciones. No hay reglas humanas, no hay valores morales que puedan cambiar el corazón humano. Es la obra de Cristo en nosotros. Por eso Colosenses dice en el capítulo 1, versículos 19 y 20 escuchá. Por cuanto agradó al Padre que en Jesús habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Es interesante porque lo que nos dice el texto es que la reconciliación, la vuelta del corazón que está enemistado hacia el otro, se da en dos planos. Y es solo la obra de Cristo redentor en la cruz lo que lo puede hacer. En primer lugar se da en un plano entre el hombre y Dios. Por eso reconciliar las cosas que están en los cielos. El hombre pecador con un Dios santo puede reconciliarse, puede volver a estar en paz con Dios si pone su confianza en la obra redentora de Cristo Jesús. Pero esa reconciliación vertical tiene un correlato horizontal, porque dice el texto también que Dios reconcilia también las cosas que están en la tierra. ¿Cuáles son las cosas que están en la tierra? Las relaciones entre padres e hijos. Ese padre y ese hijo enemistado, ese hijo que es rebelde, ese hijo que es desobediente, ese hijo que es burlista, ese padre ausente, ese padre que tiene el corazón dividido por el secularismo, esa madre que está atraída por la inmoralidad. Todo eso sólo encuentra redención y reconciliación en Cristo, en su muerte en la cruz. Su muerte es el puente que une las generaciones. Por eso dice Colosenses en el versículo 21 ustedes en otro tiempo eran extraños y enemigos en su mente eran enemigos de Dios, hacían malas obras. Pero ahora nos ha reconciliado en su cuerpo de carne por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él. Qué hermosa verdad. Cristo dio su vida en la cruz. Su cuerpo de carne fue molido por nuestros pecados, sufrió el carnet de toda nuestra maldad, todas nuestras rebeldías, para quitar todos los obstáculos. Y sólo por la cruz, sólo por la reconciliación que Él quiere y puede darnos, podemos presentarnos santos y sin mancha. Querido, querida, no podemos hacer un matrimonio ni una familia irreprensible. Aparte de Cristo y de la obra de la cruz, aparte del Evangelio, no hay ninguna herramienta que la humanidad tenga para pacificar y reconciliar las familias. Cristo y solo Cristo, su muerte en la cruz es lo que transforma el corazón de adentro hacia afuera. Porque quien pone su confianza en Cristo, quien reconoce su pecado y lo acepta como Salvador, se transforma en morada del Espíritu Santo. Y es este espíritu el que reconcilia, es este espíritu que transforma los corazones. Por eso el llamado en esta noche, más allá del diagnóstico, más allá de que nos fijemos si alguno de estos obstáculos está en nuestra familia, es ir a la cruz, es ir en reconocimiento de nuestro pecado, en arrepentimiento. Esto que pasa no pasa afuera, pasa en casa. Señor, tengo que arrepentirme. Señor, vengo buscando tu perdón y tu paz que sólo por Cristo Jesús podés dar. Por eso te invito ahí donde estás, a que puedas agachar tu cabeza, porque vamos a terminar este tiempo orando al Señor. Y si en algún punto el Espíritu Santo de Dios te ha confrontado con esta palabra, si te has sentido de que el ídolo del materialismo está en tu familia, si la inmoralidad se levanta como un dios en tu corazón, si tu mente está invadida por el secularismo y el relativismo moral, necesitás la obra redentora de Cristo en tu vida. Necesitás reconocer tu pecado, necesitás venir a Cristo Jesús. Entonces os volveréis y discerniréis la diferencia. Te vas a dar cuenta de la diferencia entre lo justo y lo malo, entre el bien y el mal. Claro, porque cuando Dios hace una obra en el corazón, ya no nos da lo mismo vivir una vida de espaldas a Él. Porque el Señor tiene el poder de cambiarnos interiormente. Y si querés experimentar esta transformación, está disponible para vos en Cristo Jesús. No es una bagatela, no es una oferta de las que te dan en el colectivo. Cristo murió en la cruz. Él pagó el precio de tu salvación. Fue un precio exorbitantemente caro, porque tu alma es valiosa para Dios. Por eso vení hoy en confesión y en arrepentimiento a la cruz. Y si padres, hijos, nos encontramos a los pies de la cruz, los corazones van a ser afines por la obra del Espíritu Santo. Padre Santo, gracias te damos por esta palabra. Nos vemos reflejados en esta profecía hecha tanto tiempo atrás por Malaquías y nos damos cuenta que tu Espíritu Santo, tu fiel mensajero, tu maestro que nos enseña con tanta claridad hoy nos ha confrontado con aspectos de nuestra paternidad que tienen que ser enderezados. Oramos, Señor, por las familias aquí presentes, por los hijos, para que haya un arrepentimiento genuino en cada corazón que está de espaldas a ti y pueda encontrarse en la cruz con el perdón, con la salvación que Cristo ofrece. Te damos gracias por este tiempo, bendecimos esta iglesia y que cada corazón que ha llegado aquí con sed de ti, con necesidad, Señor, pueda encontrar a Cristo, la fuente de agua viva, el que da propósito eterno a nuestras existencias. Te lo pedimos en el nombre del Señor Jesús. Amén. Amén. Dios te bendiga. [00:48:10] Speaker A: Estuvimos compartiendo Encuentro con Dios Podcast, un espacio para reflexionar, crecer en la fe y fortalecer tu relación con Dios. Será hasta nuestro próximo encuentro.

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